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Las dos visitas de Lorca

Parecía que elegía las fechas más dramáticas. O las tensas. Cosas del azar, dirán. Pero hablamos de un poeta. Nunca sabremos la razón por la que García Lorca visitó Bilbao en 1929. Podía haber sido antes o después, pero lo hizo ese año marcado en rojo y apellidado crack. Aún no había tenido lugar el caos en EEUU, cuando apareció por estos lares.
Venía a dar la conferencia “Imaginación, inspiración, evasión” en el Ateneo. Poco después, en abril, partiría hacia Nueva York. No hace falta recordar que en ese año y lugar plasmó su mágica obra en la Gran Manzana. Su segunda visita fue en otra fecha inquietante. 1936. Finales de enero. Recital poético, en la sociedad El Sitio, acompañado por su amiga la actriz Margarita Xirgu. La velada fue, según las crónicas, tan deliciosa como emotiva. Los poemas dialogados, tan del gusto del poeta, hicieron las delicias del respetable.
Ya de vuelta en el hotel Margarita insistió en que la acompañara. El aire empezaba a oler a violencia y su idea era viajar al día siguiente a Santander, para embarcar rumbo a la Habana. Lorca se lo pensó. Pero decidió regresar a Granada. El peso de la familia pudo contra la lógica. Hay quien apunta a que fue por un amor que le aguardaba. Nadie sabe cuánto meditó aquella noche. Cuando se despidió en el hall de su amiga Margarita, ninguno de los dos imaginaba que no volverían a verse. Ella viajó a Cuba y después a Argentina. De él ya sabemos el final. O no. Porque hay algo en lo que se equivocó. Fue en aquellos versos que decían “Porque te has muerto para siempre, como todos los muertos de la Tierra, como todos los muertos que se olvidan, en un montón de perros apagados”. García Lorca murió, pero solo el hombre. El mito permanece. Y su huella en el aire. Dicen los huéspedes más sensibles que en la cúpula del Carlton, cuando truena fuera, se ve reflejado el último abrazo de la actriz y el poeta. Y, a lo lejos, los ecos de una guerra.
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De cuarteles y trincheras

Gernika, el pueblo más antiguo de los vascos y centro de su tradición cultural, fue totalmente destruido ayer por la tarde por los bombardeos aéreos de las tropas insurgentes”. Así arrancaba la crónica del periodista británico George L Steer horas después de visitar la devastada villa. Hubo más bombas.
Bien lo saben en Durango o en el confiado Bilbao que jamás imaginó ser vencido. Durante aquellos días de fuego y plomo el Carlton se convirtió en sede del Gobierno Vasco. Por eso no le extrañó a Stern ver al Lehendakari Aguirre contemplar la Plaza desde su terraza. El periodista se hospedaba en otro hotel, pero se acercaba para conocer las novedades. Aunque existía otra razón. Los garbanzos. Las guerras afilan olfatos y el cocido se olía desde la Gran Vía. No había otra cosa. Cuando llegó acababa de entrar el coronel Montaud, Jefe del Estado Mayor de “Euzkadi”. Tenía fama de pesimista, pero era realista.
Traía malas noticias. Los garbanzos, siendo escasos, sobraron en los platos. Aguirre miró a Rezola, Irala y a su secretario particular Pedro de Basaldua. La Guerra se perdía. Urgía dejarlo todo organizado antes de partir hacia el exilio. El 19 de junio de 1937, tras la entrega pactada de la capital, el Carlton quedaba en otras manos. Allá donde se había asomado el Lehendakari lo hacía ahora el mando italiano que se dirigía a los presentes, poco antes de que el nuevo alcalde, José María de Areilza, tomara el báculo. Meses después los reporteros se fueron a otras tierras. O a las suyas, al llegar la Segunda Gran Guerra. Todo eso se sabe y está escrito. Pero sigue siendo un misterio cómo lograba Steer que le dieran, cada vez que visitaba el Carlton, una ración extra de leche condensada.
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Fútbol sobre ruedas

En Bilbao el Athletic Club no es fútbol. Es una religión. Hasta quien odia ese deporte, si es de aquí, será de este equipo. Salvo que haya tenido un mal golpe que le haya dejado sin alma. Por eso es raro encontrar un rincón sin su presencia. Aunque hay lugares que van más allá. Como este hotel. La imagen de los jugadores saliendo para subir al autobús ha dado varias veces la vuelta al mundo. No es casual. Más allá de ser su hospedaje habitual, comparten momentos claves. En las primeras décadas del football solo los equipos afortunados podían desplazarse en autobús.
El resto en tren o vehículo compartido. Pero ya saben que en Bilbao se piensa a lo grande. Tras alquilarlos, en 1948 deciden tener uno propio. Fue gracias a los hermanos Arechederra. La firma se efectuó sobre una de las mesas del Bar Grill del Hotel. No fue fácil. Los benefactores, que habían hecho fortuna en México, compraron fuera el cuerpo principal.
Llegó al barrio de Zorrotza a finales de abril. Ciento cincuenta días después lo dejaban a punto para ser presentado ante a la sede del Club de la calle Ayala y bendecido por el capellán Don Cesáreo. Desde entonces llevó a equipos y directivas por los campos de nuestra Liga y más allá. Y como todo lleva sobrenombre lo llamaron “El Pájaro Rojo”. Le siguieron otros. Tantos como lleva el Club compitiendo.
Hablamos de una entidad nacida en 1898, la más veterana de Primera y uno de los tres únicos que jamás ha descendido. El que eligió ser David cuando todos querían ser Goliat y vencer menos para ganar más. Pero sobre todo el que entiende que el Athletic es una cuestión de familia. Por eso cada vez que se hospeda un equipo, sea éste u otro, las alfombras del Carlton huelen a esfera de cuero y a césped recién cortado.
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Sangre y estrellas en la arena gris del tiempo

Ava Gardner llegó el sábado 22 de agosto de 1953. Hasta la alfombra se ruborizó al acoger sus pasos. Primer piso. Habitación 114. Venía de Londres en uno de sus momentos más duros. El matrimonio Grant, que le había acompañado, insistió en que viajara con ellos hasta Bilbao. Fueron a los toros y a comer a “Santi el marinero”. En aquellos bancos corridos y entre la sopa de pescado y la merluza un tal Luis Miguel Dominguín comenzó a coquetear con ella. Siempre habló bien de Bilbao. El lugar que le permitió pasar página y ponerse de nuevo el mundo por montera. Ella se fue y el hotel siguió abriendo sus puertas.
Y así llegamos a 1959. El año de la Revolución Cubana, de la primera sonda espacial en llegar a la Luna y del anuncio del Concilio Vaticano II. Pero aquella tarde de agosto la noticia fue la sangre roja sobre la arena gris. A la eterna rivalidad entre Ordóñez y Dominguín tocaba añadirle el toro de Bilbao. Aquí el morlaco debe ser bravo y grande. La cornada siempre apunta a seria. Un toro de Palha mandó a Luis Miguel a la enfermería primero y al hospital después. Le aconsejaron un tiempo de reposo en el Carlton. Hemingway, que había presenciado la corrida, decidió acompañarle. No tardó en llegar Lucía Bosé, mujer del diestro, y lo que iban a ser días de convalecencia y descanso se convirtieron en risas y fiesta. Cosa que siempre sucedía cuando Ernest andaba cerca. No fue la única vez. De hecho Bilbao aparece en “Muerte en la tarde”, de 1932, y en su aplaudida “Fiesta”. También en “El Verano peligroso” donde menciona el Carlton y destaca sus habitaciones.
Uno de sus más cercanos era el bilbaino Juan Duñabeitia. Cuando el 20 de agosto de 1959 escribió a su esposa Mary Welsh una carta desde el Carlton no olvidó mencionar lo bien que se comía en la tierra de su amigo. Debió gustarle, porque regresó en 1960 con Lauren Bacall y el matrimonio Bill y Annie Davis, a los que había conocido en México.
Apareció en un “Lancia”, bautizado como “La Barata y conducido por Mario Cassamassima. “Bilbao es una ciudad industrial y naviera situada en un cáliz de montañas, junto a un río. Es rica, grande, sólida. Es una ciudad con mucho dinero y de grandes deportistas en la que tengo numerosos amigos. En agosto puede ser más calurosa que ningún otro sitio, excepto Córdoba”. Son retales que dejó sobre nuestra tierra. Pero hay algo que no tecleó. En su última visita pidió acercarse hasta la bella localidad de Mundaka. Allí estaba enterrado Don Black. Un sacerdote de Kanala al que llamaban el padre rojo y que había emigrado a Cuba. Nada más conocerse se convirtió en su guía espiritual. Dicen que fue quien le relató la historia de un viejo pescador local que dormía bajo las velas de su pequeña embarcación, con la que recorría la costa vasca.
Aten cabos. Lo que encontró en Mundaka fue una tumba. Humilde como su habitante. El cura Andrés Unzain. Pidió quedarse ante ella con el eco del mar por única compañía. Lloró y habló con él, como solo lo hace un amigo. Y ya nunca regresó.
Un año después el premio nobel dejaba este mundo.
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Las soledades de La Divina

Abrigo azul y pañuelo rojo. Elegancia desde el primer paso en la escalera. La Divina estaba en Bilbao. Eran las 7:40. El avión, un cuatrimotor "Skymaster" de la Olimpic Airways, propiedad del millonario griego Aristóteles Onassis. Pese a los rumores de suspensión, María Callas actuaría. Cuando Juan Elua, representando a la ABAO, la vio aterrizar respiró hondo.
Ella en un taxi y él en un recién estrenado SEAT 600. Así llegaron. La entrada del Carlton estaba abarrotada. Querían contemplar al mito. Con un ramo de flores bajó del coche y saludó. Necesitaba descanso. No tanto por el viaje, como por las dudas tras su romance con el magnate. Le aportaba la alegría que su marido no le daba. Pero no era todo días de vino y rosas. Demasiadas espinas. Su estancia en Bilbao, como ella confesó, fue de balance y toma de decisiones. Pero ante todo era artista. Y debía demostrarlo. Por eso cantó, pese a que esa noche le dolía el alma y, quién sabe si por ello, la garganta.
Hay quien afirma que estuvo sublime y quien asegura que no fue su mejor actuación. A veces la voz herida es la más hermosa. Imperfecta. Sincera. Y pellizca. Apenas salió de su habitación. Una avería le obligó a dormir en el avión antes de volver a casa. Tenía la opción del Hotel, pero necesitaba regresar. El resto ya es Historia. La de una mujer que sufrió tanto o más que sus personajes. Ni aquí, ni después, dejó de ser la gran Callas. Lo que pensó aquella noche nadie lo sabe. Salvo las paredes.
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Aquellos extraños 70

El adiós a los 60 y la llegada de los 70 son años de blanco y negro en televisión y creciente colorido en las calles. Tímido cambio, pero la clientela combinaba aires clásicos con brisas nuevas. Lo mismo que el Carlton, aunque mantenía la ortodoxia. Los botones con traje azul claro, chaqueta de cuello mao y el nombre del hotel en letras doradas. Eran aún tiempos de baúles donde más que equipaje parecía mudanza. El calzado se dejaba en la puerta, para que los bajarán al limpiabotas. Insiste la actual dirección en que lo importante en este siglo han sido los clientes y la plantilla. Así que lo personificaremos en el maitre Aniceto Salegui Elduayen. Fue un niño obligado a sortear el infortunio. Terminada la Guerra Civil, paso de su amada Navarra a un campo de concentración donde fue asistente de un comandante nazi. Con el tiempo acabaría labrándose una profesión y sabiendo cinco idiomas. Pero hay vivencias que dejan cicatrices. Jamás permitió el acceso al comedor a los novatos, antes de los 15 días de formación, en los que aprendían a servir y los nombres de todos los vinos y bebidas. Los camareros y el maitre vestían de frac. Nada de joyas ni anillos, salvo los casados. Los chóferes de los clientes se alojaban en el primer piso. Y luego estaba él detalle de la tortilla. Terminada en dos picos. Firma de la casa. Bien lo sabían los artistas que llegaban las semanas de teatro. Muchos estrenaban en Bilbao, sabedores de que era el perfecto test previo a Madrid. Fue una década en que cambiamos el paso, camino a la democracia. Así llegaron los agitados 80 y unos 90 que pasaron raudos, a la espera del nuevo milenio.
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Viejas vigas nuevo rumbo

El 1 de abril de 1994, y tras las reformas que decidió acometer la nueva propiedad, Aránzazu Hoteles, se presentaba el Carlton con nueva cara. Manuel María Smith no solo fue un gran arquitecto. También un visionario. Solo alguien con perspectiva diseñaría un edificio con huecos destinados a avances que, en 1926, nadie imaginaba. Aunque la obra no estuvo exenta de sorpresas. Una en el sótano. Desde siempre había albergado calderas y carbón. Necesitaban reconvertirlo en una planta con salones. En ello andaban cuando la excavadora golpeó una pared. Al apartarla descubrieron un agujero. No era ladrillo ni piedra. Una puerta de madera. Abrieron el hueco y enfocaron sus linternas. Así descubrieron el bunker. Había sido levantado al comienzo de la Guerra Civil. Apenas contenía muebles. Solo dos sillas que ahora habitan en uno de los pasillos principales. En el suelo hallaron dos periódicos del 36. Poco más. Hoy en día es el elegante bar inglés que, como no podía ser de otra manera, es conocido como el Bunker. Quienes estuvieron en el 37 aseguran que jamás fue utilizado. Pero allí sigue. Ahora para disfrute de los huéspedes. En él cuelgan las fotografías de amigos que nos recuerdan los motivos que les guiaron a Bilbao.
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Pavarotti y los días de celuloide. (007 y otras películas)

Miraba las tajadas de merluza rebozada, aquí las llamamos albardadas sabiendo que es incorrecto, pero muy bilbaino, como quien avista un tesoro. No lucía gran peso por entonces, pero apuntaba maneras. Y el plato le enloquecía tanto o más que el bacalao al pil-pil.
Solía disfrutarlo, previo paso por la coctelería JK. Así era Pavarotti. Fiel al menú, y a las amistades, desde que llegó en 1970. Ocho años más tarde la visita comenzó más accidentada tras olvidar bolso, documentación y dinero en la cafetería del Aeropuerto. Todo acabó bien. Regresó más veces y con menos sustos. La última en 1998 para cantar en un San Mamés abarrotado, bajo nubes amenazantes. Un clima que habría firmado Pierce Brosnan cuando llegó para ser James Bond en “El mundo no es suficiente”. Su bajada por la cuerda frente al Guggenheim forma parte de los míticos arranques de 007. Poco más lograron rodar ante la insistente lluvia. Lo que pocos saben es la singular petición de la productora. Cuando el actor llegaba a su habitación, debía esperarle una cubitera con una botella de Dom Pérignon. No lo pedía Brosnan, sino el personaje. En cambio Jon Nieve fue más espartano en la 313.
“Juego de Tronos” ha recorrido el mundo para crear reinos imaginados, pero hasta los grandes guerreros deben descansar. Lo hicieron en el Carlton. Por poco no coincidieron con Jackson Brown y su guitarra. O con Chrissie Hynde y los “Pretenders”. Voces admiradas del Rock y del Pop que habitaron los mismos lugares que, antes y después, otras leyendas. La lista es tan larga como notas caben en un pentagrama infinito. Lo que nos lleva al principio.
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Los secretos por descubrir

Arrancábamos estas líneas con el niño que tocaba una pared buscando un túnel. El que cuentan partía del hotel hacia la cercana Plaza de Moyúa. Quienes peinamos canas la llamamos Plaza Elíptica. Ya les decíamos que nadie sabe a ciencia cierta si está realmente en el Bunker. Pero tampoco creían que existía ese lugar hasta que cayó la pared. Y eso que hay unos agujeros delatores, a modo de respiradores, que se pueden observar bajo los escalones de la entrada. Ya ven que, pese a cumplir un siglo, nos quedan cosas por descubrir. Por eso les agradecemos esta visita al amigo centenario, dispuestos a compartir fragmentos de este rato que llaman vida. Nos costó nacer y varias veces estuvimos a punto de morir. O de ser otra cosa. Cumplir 100 años no significa mirar atrás con nostalgia, sino abrirse al futuro con la misma esencia: elegancia, hospitalidad y atención a cada persona que cruza las puertas. El cliente es el protagonista. Arrancamos nueva era. No sabemos a dónde nos llevará. Tampoco importa. Relájense y disfruten de su estancia. Sin pensar más allá. Al fin y al cabo, no hay mejor viajero que el que se deja llevar.

Hotel Carlton
100 años abierto al mundo desde el centro de Bilbao.

UBICACIÓN IDEAL

en Bilbao

Hotel situado en el centro de Bilbao en Plaza Federico Moyúa, 2. (48009 – Bilbao)

En Zona de Bajas Emisiones [ + info]

Contacto:

carlton@aranzazu-hoteles.com
34 944 16 22 00
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